SERENDIPIA
¿Qué hago acá?
Esa pregunta aparecería inevitablemente en algún momento. La inevitabilidad en este caso estaba determinada por el bendito “compromiso social”. Necesito aclarar que al hablar de compromiso social no me refiero a la honorabilidad del acto humano que pretende ayudar a otras personas, decididamente no. El compromiso que pretendo describir, para que puedan entenderme, se relaciona directamente con la obligación… ni con la libertad, ni con la capacidad de optar, sino lisa y llanamente con el deber.
Este patrón de conducta se adquiere necesariamente en los pueblos o ciudades chicas, donde todos o casi todos los integrantes de la comunidad se conocen y donde cualquier acto es juzgado y analizado detalladamente. A quienes habitan megalópolis y no comprendan esta situación, imaginen estar dentro de la casa de Gran Hermano* pero sin cámaras; donde nadie ve, nadie escucha, pero todos saben.
Ahora que pude enmarcar y justificar mi accionar, queda claro que la finalidad excluyente que me impidió ser valiente, fue la de no afectar las “buenas costumbres”.
Tranquilo de haberme explayado lo suficiente para explicar mí cobardía, puedo empezar a contarles como llego a generar aquella ineludible pregunta, no sin antes expresarla físicamente con una mordedura de labio inferior.
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Llevo 20 años viviendo en la Ciudad de Buenos Aires, sin embargo, cuando me preguntan dónde vivo, aunque contesto correctamente, siento la necesidad de agregar una frase cuasi redentora “…pero soy de 9 de Julio”*. Unos 270 kms., aproximadamente, separan a la gran ciudad de mí Ciudad. La distancia señalada será necesariamente recorrida cada vez que un feriado convierta un fin de semana común en uno “largo”, o “extra largo” si es que las políticas públicas de nuestro país así lo disponen. También ameritan el viaje: cumpleaños de familiares cercanos, casamientos, Navidad, Año Nuevo y algún asado con amigos de concurrencia masiva. Las únicas excusas aceptadas, pero miradas de reojo, son el exceso de trabajo o un examen crucial, en ambos casos se debe detallar la problemática para dejar en claro que no hay otra opción.
24 de diciembre de 2012
Disfruto mucho de mi Ciudad en Navidad y también en Año Nuevo, suelo salir a andar en bicicleta por la tarde y siempre me encuentro con amigos y conocidos, la mayoría invita con una copa y aprovechan la ocasión para contar alguna novedad o recordar una anécdota compartida en el pasado. A la tardecita, de regreso, llego a mi casa que espera con el portón del garaje abierto. El lugar que el resto del año cobija al auto, en estas fechas se transforma en comedor, porque somos muchos y en otro espacio de la casa no entramos. Mi papá ya prendió fuego en el asador y el lechón que está boca abajo recibe su primer calor. Mi mamá en la cocina prepara unas ensaladas y mientras tanto habla por teléfono con mi abuela que pregunta qué puede llevar para la cena.
Generalmente, cerca de las 19hs. llegan visitas, amigos de mis padres y vecinos se acercan para compartir unos mates o hacer un brindis anticipado. A las 20hs. ya estamos trayendo los caballetes y los tablones para armar las mesas. Llegada la noche, una mesa colmada de familia, conversaciones cruzadas y en voz alta, mucha comida, el brindis de las 12, los fuegos artificiales, la sobremesa cargada de turrones, confites y garrapiñadas, la sirena de los bomberos a medianoche y el encuentro posterior con amigos en una casa previamente designada.
Esta costumbre me alegra aún hoy cada vez que me toca vivirla, incluso con los cambios lógicos que trae el transcurrir del tiempo, pero en aquel año, una noticia hizo que perdiera el foco. Mentiría si digo que no pude disfrutar de esas fechas, pero apareció esa piedrita en el zapato que no lastima pero molesta. Charlando con mi hermana, mate mediante, me cuenta que su mejor amiga se casaría en febrero y que seguramente invitaría a toda nuestra familia.
Automáticamente, especulé con muchos datos que a priori eran adversos respectos de mis posibilidades de pasar un buen momento en aquella celebración. Dentro de los invitados no tengo amigos, sólo conocidos, con los cuales tengo muy buena relación, pero no es lo mismo ¿Con quién me van a sentar en la mesa? ¿Con quién voy a bailar? Si me quedo en la mesa y no salgo a bailar soy un amargo. Usar traje y corbata en febrero con el calor que se sufre en esas fechas… ¡Y con lo que transpiro!
Evidentemente en aquel momento tenía muchas ganas de hacerme problema por cuestiones menores, pero no podía evitar pensar en aquel 26 de febrero con cierta angustia.
Ninguna de las dos excusas usualmente aceptadas, incluso siendo ciertas, eran pretexto para ausentarse. El casamiento era una de las categorías que justificaban el viaje, pero el casamiento de un familiar o el de un amigo, y este no era el caso.
¿Sería esta la excepción que confirma la regla? No podía decir que no ¿Qué pensaría mi familia? ¿Qué pensaría la familia de la amiga de mi hermana?
Me imaginé diciendo no y también vislumbré la respuesta de mi mamá (incluyendo el tono) “Me parece un desprecio, pero hacé lo que quieras”. Compromiso o presión social, como prefieran.
Para completar mi perfil de huraño, les cuento que en ese momento tenía 33 años, no tenía novia, no me gustaba bailar (aún hoy no me gusta, salvo contadas ocasiones, en las que por lo general estoy sólo) y era muy tímido, más que hoy. Lo peor era la espera, porque la dimensión del tiempo restante era proporcional a la cantidad de especulaciones desfavorables.
Quien lea este relato, acertadamente pensará que no tenía grandes preocupaciones en aquel momento. Incluso yo pensaba que no podía ser un inconveniente bajo ninguna circunstancia, pero lo que se piensa muchas veces no es lo que se siente.
9 de febrero de 2013 (inicio del fin de semana extra largo de Carnavales).
Cuatro días de descanso, la ciudad me recibe con su húmedo clima y con sorpresas. La complicación de poca monta que me desvelaba resultará acrecentada por un detalle de creatividad y de distinción.
Las charlas sabatinas de entre casa, que suelen ser matinales, recorren las novedades del vecindario y de la ciudad, con la particularidad de ser tan diversas como imprecisas. Aquel 9 de febrero, la noticia estrella fue la maravillosa y original idea que se le había ocurrido al futuro matrimonio. La boda contaría con un toque de elegancia desde el inicio de la gala. Un objeto de color acompañaba a la tarjeta tradicional. La invitación rezaba, “En el Salón de Fiestas deberán esperarnos TODOS vistiendo este antifaz verde”. Mientras el diálogo continuaba con otros temas, mi mente quedó fija en aquel dato, principalmente tratando de dilucidar pros y contras de aquella particularidad. A favor, la diminuta máscara serviría para preservar el anonimato, al menos por un tiempo. Una vez sentado a la mesa estaría con las personas más afines, de acuerdo al criterio con el que generalmente se conforman las mismas. En contra, mi parte menos sudorosa es la cara, en esta ocasión no tendría ese privilegio.
26 de febrero, llegó el día.
Frente al espejo terminé de ajustar el nudo de mi corbata, siempre queda ligeramente torcido, pero no lo sé hacer de otra forma. Camino al living me fui colocando el saco y pregunté a mis padres si estábamos listos. La ceremonia religiosa se desarrolló en una pequeña capilla que queda a cuarenta kilómetros de la ciudad. Les extrañará que no me haya quejado antes respecto de este punto, si no lo hice antes fue simplemente porque lo olvidé.
El calor húmedo era sostenido, pero el sol ya no estaba presente. Un caudal imponente de nubes, como bocanadas de humo, acechaba en el horizonte.
Durante la ceremonia me quedé en cercanías de la puerta principal, que permaneció abierta para que el recinto no se confundiera con un sauna.
Habiendo culminado la celebración del sacramento, emprendimos el regreso y el parabrisas del auto recibió las primeras gotas. Sin sentirla, imaginé una brisa fresca.
Llegamos al predio del festejo, y luego de estacionar y bajar del coche, empecé a campanear a lo lejos a los que se saludaban en la entrada al salón. Distraído en divisar si los invitados habían hecho caso a la sugerencia del antifaz, me di cuenta que no había esperado a mis padres. Para mi sorpresa, luego de girar sobre mi propio eje, en lugar de encontrar a mis padres encontré una pareja de linternas verdes, concluí que la timidez no era hereditaria. Avanzamos apenas unos metros y la lluvia se tornó copiosa, el calor cedía de a poco. En medio de un trote obligado, y con cierta dificultad, logré ajustar aquella pieza que iba a cubrir mi cara a medias.
El aguacero invitó a la gente a ingresar anticipadamente. La sala esperaba con platos colmados de exquisiteces. Los invitados se agrupaban a medida que se descubrían. A lo lejos me pareció ver a mi hermana y a mi cuñado con un par de amigos. Mis progenitores ya estaban de tertulia, mientras yo, en solitario, me dedicaba a elegir los mejores bocados. Disimuladamente me acerqué a la barra que ofrecía cerveza tirada, un simple saludo de cortesía abría camino entre las miradas verdes llenas de incertidumbre. Desde un lateral vi como lentamente se reducía el espacio imaginado como antesala. Las charlas cruzadas alimentaban el bullicio y quienes estaban a cargo de la organización del casamiento comenzaban a inquietarse por la demora de los recién casados.
El automóvil que trasladaba a los agasajados esperaba agazapado, a veinte metros de donde estaba reunida toda la gente. El diluvio no cesaba y la idea de llegar caminando de la mano al salón no prosperaría. El vehículo debió acercarse por un improvisado camino hasta quedar prácticamente pegado a la puerta de ingreso.El flamante marido bajó del coche, encorvado y con gesto fruncido corrió para abrir la puerta a su amada. Los invitados que percibieron el despliegue fueron contagiando el silencio hasta crear el clímax, por micrófono se anunció la llegada. Me adelanté unos metros para ver más de cerca la bienvenida, pero no vi más que cabezas amontonadas con tintes verdosos mientras flashes y relámpagos se confundían en el reflejo de las paredes vidriadas.
El mutismo duró poco, los aplausos y gritos se apoderaron de la escena mientras los protagonistas se internaban en la multitud para recibir felicitaciones una vez más. Noté que los invitados se dirigían a las mesas que les habían asignado, muchos ya sabían con quién compartirían la cena, otros -como yo- desconocían qué era lo que les deparaba.
Como ya adelanté, aunque no tenía amigos que estuvieran presentes en el casamiento, con muchos de los invitados tenía una muy buena relación, esta situación me convertía en variable de ajuste… o variable relleno. Antes de que todo el mundo se sentara me acerqué a una de las organizadoras para consultar cual era la mesa en la que estaría.
Mesa número 11. Hago un paneo del salón, no estoy en la mesa en que se sentaron mis padres, tampoco en la que se sentaron mi hermana y mi cuñado. Diviso la mesa que me tocó en suerte, un par de asientos están ocupados, pero no sé por quiénes porque los veo de espaldas. Nuevamente me pongo nervioso, me acaloro… ¿Qué hago acá?
Mientras muchos finalmente se quitaban los antifaces –yo también- y terminaban sus charlas para acomodarse en sus sitios, yo me dirigí al baño. Luego de haber tomado un par de cervezas, que suelen acelerar el proceso, mi necesidad fisiológica era el motivo principal y más atendible, pero había otra intención más oculta y rebuscada. La idea era evitar elegir dónde sentarme; la demora me permitiría llegar a la mesa y ocupar el lugar que hubiera quedado libre.Tardé más de lo habitual, respiré hondo, abrí la puerta y enfrenté al salón que ya lucía más ordenado. Me enfoqué en la mesa 11 tratando de identificar quiénes estaban allí ubicados y con cuál de todos tenía mayor afinidad, para abordarlo primero y poder luego integrarme al resto. Sentí un mínimo alivio cuando vi a Nicolás, Jorge y Agustín, los conocía muy bien, todos fueron compañeros -y amigos- de mi hermana desde jardín de infantes. Los saludé primero y conversé con ellos al tiempo que intentaba identificar a quienes se encontraban a ambos lados, porque yo permanecía parado mientras ellos ya estaban sentados.
Antes de tomar asiento saludé a los demás; Pedro, hermano de Agustín, a quien conocía de vista; Mariano, reciente pareja de Nicolás; por último me acerqué a Clara y Felicitas. A Clara no la conocía, pero conocía a su papá y Felicitas era la hermana de Agustín y Pedro, a quien recordaba de pequeña. Demasiado formal, posiblemente producto de los nervios, a ambas las saludé con la misma frase “Hola, Pablo ¿Cómo les va?”, le di un beso a cada una y fui a ocupar mi asiento.
Las mesas, en general, contaban con diez invitados cada una, la nuestra era la excepción. El círculo de invitados no cerraba, éramos 8 porque una pareja no había asistido. Dejé el saco en el respaldo de la silla que estaba en el único asiento que había quedado sin ocupar. Mariano, a quién veía por primera vez, estaba a mi izquierda. A mi derecha estaban los dos espacios vacíos y luego Clara.
Las charlas surgieron naturalmente, yo me integraba participando con algún comentario. Pedro, condicionado por su ubicación, era el que más interactuaba con las mujeres, que de tanto en tanto generaban una conversación aparte. A esta altura del relato puedo confesarles que omití varias sensaciones que alimentaban mi tensión.
Cuando todo parecía indicar que ya se había roto el hielo y que me había adaptado a la fiesta, nuevos motivos me mostraban inquieto.
Quería mirar y no podía… mejor dicho, no me lo permitía. En todas las conversaciones que se entablaban esperaba con ansiedad la participación de Pedro, porque podía enfocarme en él, y ver, visión periférica mediante, lo que realmente me interesaba. El problema era la precisión con la que podía apreciar lo que cautivaba mi atención, bien se sabe que ver no es mirar.
Afuera la lluvia no cesaba, había descendido notablemente la temperatura, sin embargo volvía a sentirme sofocado. Disimuladamente buscaba esos ojos, ¿serían tan brillantes? Y su sonrisa, ¿estaría dibujada aún en su rostro? Tuve la impresión que era eterna.
Luego de comer el plato principal vendría la primera tanda musical, había resuelto que no saldría a bailar, sería el momento ideal para mirarla, a la distancia es verdad, pero con mayor atención. Estaba terminando de saborear el último bocado cuando empezó a sonar El Danubio Azul, había olvidado el clásico vals, los recién casados rápidamente se apoderaron del centro de la escena, mientras familiares y amigos se apostaban en prolijo semicírculo esperando su turno para bailar a los giros, posar para la foto y ceder su lugar a alguien más.
Ella se puso de pie y se acercó al abanico de espectadores que miraban el baile, yo por segunda vez fui al toilette.
Me miraba al espejo, me acomodaba un poco el pelo y de fondo escuchaba la creación de Strauss. Estiraba los segundos. Quería empujar la puerta y que fuera otra música la que sonara, que las mesas hubieran perdido su protagonismo por encontrarse a oscuras y que las luces que se destacaran fueran las de colores que apuntaban al espacio consagrado al bailoteo. A fuerza de demora logré que se cumpliera mi deseo. Me dirigí a la mesa 11 y noté a lo lejos que junto a mis padres había un par de asientos libres, decidido seguí de largo y me acerqué, saludé uno por uno, pedí permiso para tomar asiento y me quedé charlando.
Fueron totalmente infructuosos los intentos de espiar a lo lejos, no me favorecía la ubicación, tampoco la iluminación, menos aún el amontonamiento. Pasó media hora, con la excusa de acercarme fui a la barra a pedir otra cerveza. Hice tiempo acodado a la barra al tiempo que ajustaba la mirada. Cuando por fin logré descubrirla, estaba a unos diez metros, me quedé como ido. Sólo la distinguía a ella, era ella y una nube infinita de colores que la rodeaba. De repente miró hacia donde estaba yo, no necesariamente a mí, ni siquiera pude considerarlo ya que bastó ese gesto para que bajara la vista y me atacaran la taquicardia y la exaltación. El ardor subía por mi cuello para concentrarse en mi cara, la oscuridad ahora jugaba a mi favor.
Fue disminuyendo el sonido de la música y volvieron a brillar las luces blancas. Rápidamente abandoné el sitio que había tomado prestado para regresar a la mesa de ocho. Retornaron todos, los hombres más agitados y desalineados que las damas, como suele suceder. Mi hermana, que era una de las últimas en volver, se detuvo a hablar conmigo. No recuerdo de qué hablamos exactamente pero sí tengo muy presente que minutos después se acercó a Felicitas. Pretendí cierta sorpresa para sostener la mirada, cuando en realidad sabía que ellas se conocían bastante y que incluso habían compartido un viaje. Como si hubiera estado orquestado, Silvina, mi hermana, me hizo una pregunta que servía para sumarme a la charla que ellas mantenían, tampoco retuve nada de aquel intercambio de palabras, que no fueron muchas. Me quedó impregnada la luz de aquel rostro. Yo me sentí gratamente confundido, no era su sonrisa, no eran sus ojos, era todo eso en un gesto y más aún, un encantamiento inexplicable que me atrapaba.
Un mozo me sorprendió mientras estaba distraído, o muy atento, según quien lo analice. Por mi desatención o por el apuro del mozo, o por un poco de ambas cosas, el plato de postre casi me roza el mentón. Segundos después mi hermana pasó por detrás con destino a su mesa y a modo de saludo me tocó el hombro. Cucharita en mano ya estábamos todos abocados a disfrutar del helado, y mi cabeza comenzaba a buscar opciones de qué hacer en la segunda tanda de baile, mover el esqueleto seguía sin aparecer como opción. La dama de la fiesta tomó el micrófono y convocó a las solteras para que salto mediante se disputaran el ramo de flores. Ella, con timidez se acercó al grupo de competidoras y quedó algo relegada sin parecer que le importara mucho. Yo, parecía contemplar la situación, cuando en realidad la contemplaba a ella. El ramo ya tenía dueña y luego de algunas fotos con la ganadora, las luces blancas volvían a ceder su lugar.
Me proponía hacer lo mismo que la primera vez, pero advertí que mis padres no estaban en su lugar. Intenté encontrarlos en algún rincón, pero no tuve suerte. Vi pasar a Silvi (mi hermana) amagando un paso de baile y en dirección a la pista, rápidamente me puse de pie y fui a buscarla para confirmar lo que a esa altura me parecía evidente; mis viejos se habían ido y para colmo de males, no me habían consultado si quería acompañarlos en la retirada. Ratificada la noticia, retornó la pregunta ¿Qué hago acá?, la lluvia continuaba, ahora estaba de a pie, bastante lejos de casa y con media fiesta por delante. Ella me ilusionaba, pero la timidez crónica y mi negación temporal, conspiraban contra mi ánimo.
¿Qué hago acá?, me pregunté otra vez, a mitad de camino entre dos opciones. La primera, reposar en soledad, con la aislante compañía que ofrece un teléfono celular; la segunda, cumplir el papel de espectador al costado de la pista, lo que resultaba una alternativa levemente más digna que la anterior.
Me acerqué tímidamente a la multitud, fui hacia un lugar cercano al DJ, pero inmediatamente supe que no soportaría el volumen de la música, me cosquilleaban los oídos. La excusa del sonido elevado y la ilusión de acercarme a tal punto de poder descubrir su perfume, hicieron que me ubique en el lado opuesto al que me había encaminado en un principio.
Estaba en los suburbios, no terminaba de dar el paso que necesitaba. Evaluaba las distancias, increíblemente no había más de cuatro pasos entre ella y yo, ese era un dato real pero al mismo tiempo mentiroso. Mi coraje, mi valor y mi actitud convertían ese acotado espacio en longitudes maratónicas. También calculaba el tiempo, seguramente la tanda estaba en su tramo final. Mis pensamientos quedaron girando en esa referencia; la música dejaría de sonar, todos se quedarían un tiempo conversando hasta que de manera medianamente ordenada se dirigirían a sus mesas ¿Sería ese el momento indicado para acercarme? ¿Simularía un choque casual y la excusa de la disculpa habilitaría una charla? ¿Qué otra coartada podría resultar?
Esas preguntas que me planteaba, y que me transportaban a mundos imaginarios, hacían que mis ojos sólo vieran un cúmulo de movimientos y colores desenfocados, como si me negara voluntariamente a enfocar en algo hasta no resolver esa maldita distancia. En esa suma de pensamientos, hasta llegué a creer que esas nubes policromáticas eran un indicio de lo perdido que estaba. Finalmente, para seguir en la espiral de mis especulaciones y jugarle una broma a mis reflexiones, me vino a la cabeza el famoso dicho “perdido como turco en la neblina”, al que agregué… multicolor.
En ese instante de desorientación, una mano tomó mi hombro para sacarme del trance. Automáticamente el entorno difuso se aclaró y se transformó en una nítida imagen. Un señor de tez morena, algo más alto que yo, a quien había visto por primera vez en el casamiento, me hablaba sin que yo pudiera entenderle, o mejor dicho, oírle. Por cortesía decidí esbozar una sonrisa. Efecto de ese gesto improvisado, la mano pasó del hombro a la espalda. El hombre hizo un medio giro y me quedó prácticamente a la par, la leve presión de sus dedos sobre mi omóplato eran una invitación a que lo acompañara. Sólo cinco pasos y quedé frente a ella. Cuando la adrenalina estaba a tope, con pupilas dilatadas, respiración agitada y taquicardia galopante, escuché que el extraño cupido dijo “dame una mano, porque no puedo bailar con todas a la vez”.
Estaba feliz de no tener otra alternativa, de sentirme al borde de un precipicio con la única opción de entregarme al vacío. Por suerte el rubor se disimulaba en la semioscuridad, tomé su mano y bailamos los pocos minutos que duró la música. Ambos regresamos a la mesa por separado, como si nada hubiera pasado, y en realidad, yo no llegaba a comprender todo lo que me había atravesado en ese breve tiempo que habíamos compartido.
Un par de tandas de baile quedaron por delante y aunque al iniciar cada una de ellas fingimos bailar, en realidad nos entregamos a la charla, con extraña complicidad e inusual confianza, mantuvimos largas conversaciones, entre risas, choques de palmas y gestos aspaventosos. Se vino encima el fin de fiesta y falto de reacción, no le pedí que me pasara su número de celular. Me fui a dormir con una sonrisa y mil reproches.
27 y 28 de febrero, el después.
El mecanismo de defensa no podía abandonarme; pensé al instante: “Posiblemente le caí bien… pero nada más”; “Si le gusté, seguramente mi hermana me va a decir algo”. Para mi decepción, Silvina no emitió comentario alguno, ni siquiera de la fiesta.
Mi cabeza era un tornado con epicentro en esa sonrisa, en esos ojos, en ese baile, en esa charla. Pasaron domingo y lunes que disfruté con familia y amigos, pero tenía un asunto pendiente que volvía una y otra vez a mis pensamientos y me dejaba tildado mirando a la nada.
Faltaban diez minutos para que fueran las 20hs. Cristian, un amigo, me pasaba a buscar para emprender el regreso a la Ciudad de Buenos Aires. Por suerte esta vez evitaba el colectivo de larga distancia que tardaba cinco horas en llegar a Capital. En el auto éramos tres, Cristian, Luciano (otro amigo) y yo. Luciano fue en el asiento del acompañante y yo fui muy cómodo en la parte de atrás. Habíamos hecho 30 kilómetros y estábamos por llegar al primer peaje, yo había mirado mi celular unas 20 veces. Entraba a contactos, "Silvina"… y el mensaje latente no se dejaba escribir. Dos palabras surgían y luego las borraba. El cursor titilaba a un ritmo más lento que el latido acelerado de mi corazón. Transcurrido un lapso de tiempo, no muy convencido, envié el mensaje: “Hola Silvi, me pasarías el cel de Felicitas?”.
Unos pocos minutos, que parecieron horas, transcurrieron entre mi mensaje y la respuesta de mi hermana. Me provocaba mucha ansiedad mirar la pantalla. Preferí dejar el teléfono en el bolsillo y conversar con mis amigos, necesitaba disimular la espera de ese corto sonido que indicaría que tenía un nuevo mensaje. La señal llegó, me invadió un sofocón repentino, el ritmo respiratorio no era el habitual, mi mano derecha desesperadamente y de forma instintiva comenzó a buscar ese pequeño aparato, que refugiado en mi bolsillo, no se dejaba atrapar.
Finalmente, frente a mí el mensaje: “Qué sorpresa! te gustó? Ya te lo paso :)”. Quise responder a la velocidad del pensamiento, mis dedos se chocaban y el corrector automático del teléfono trastocaba lo que pretendía escribir. En definitiva pude enviar la escueta frase: “Me encantó, por favor no cuentes nada, la voy a llamar en estos días”. Sinceramente, escribí “estos días” y no “mañana” porque sabía que me iba a costar afrontarlo y deseaba poder procrastinar sin culpa, un simple juego de engaño a uno mismo que suelo realizar a menudo.
La característica del número telefónico, como era de esperar, pertenecía a Mar del Plata. Dejé que trascurrieran dos días, claramente por cobardía y no por convicción. Pese a los temores, la ansiedad y el nerviosismo, llamé y me dejé llevar por el devenir de lo incierto.
Como en aquel primer encuentro cara a cara, la charla transcurrió con naturalidad, los temas de conversación surgían de forma espontánea, sin esfuerzo.
La parte que muchos podrán considerar la más linda de esta historia, tendrá escaso lugar en este cuento; diré que es inolvidable el amor de ese primer encuentro, que el mismo se expandió en cada conversación, que creció en la complicidad compartida, que nos volvió empáticos, que se transformó en convivencia, que se convirtió en la ilusión de una familia. En cambio, me centraré en aquel momento, tiempo y espacio, que me produjo desde el inicio cierta resistencia; rechazo que traduje en forma de pregunta ... ¿Qué hago acá?
Innumerables veces me pregunto por qué nunca pude ver ese acontecer como un mundo de posibilidades. En definitiva, a cada instante nos topamos con acontecimientos que pueden cambiar nuestra vida para siempre, aunque sucede que en muy pocos de ellos concentramos nuestras expectativas y en otros muchos no somos capaces de ver las oportunidades que contienen.
Siempre me inquietó este punto, que un poco atañe al destino y otro tanto al libre albedrío, porque fue un momento “big bang” en mi vida, momento en que se inició una expansión que dio forma a un nuevo universo. Conocer a Felicitas, en un lugar y en un momento que no deseaba transitar, cambió mi ser.
Un buen día, en medio de una conferencia relativa a los descubrimientos en la ciencia, descubrí –valga la redundancia- un concepto que me permitió retomar el tema que tanto me atraía, principalmente por su don de inexplicable. La palabra sonaba graciosa y por eso me resultó muy fácil retener; serendipia, su significado: hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. En términos coloquiales sería sinónimo de chiripa o de carambola, pero este vocablo parecía revelarme algo más que azar; incluía desconcierto, misterio, sorpresa, gratitud.
En esta búsqueda cuasi-inconsciente de profundizar en el tema, leí un artículo que describía a las serendipias como regalos que llegan en el momento oportuno para no dejarnos indiferentes; no podría estar más de acuerdo. La frase que cerraba el escrito con broche de oro, no era del autor de la misma, pertenece a John Lennon:
“La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”
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