Se miró. Se acercó a su retrato hasta verse reflejado en su propia pupila. Se sentía tan diminuto como aquella figura inmersa en el agujero negro.
Comenzó a observar los detalles y descubrió el eco de su rostro, la multiplicación al infinito de su yo, sentía hundirse en su mirada.
Horacio acababa de regresar del Hospital España, había estado internado durante dos semanas. Las cicatrices coloreadas con sangre plastificada se mostraban como sellos del semblante. El morado se posaba en varios rincones del delgado cuerpo, contrastando con el pálido color de la piel.
Desnudo ante sí mismo, petrificado, deseó por primera vez en su vida, no pensar. Lamentablemente, la estructurada realidad no le permitía volver en el tiempo, excepto con el pensamiento.
De repente, sin desearlo, su percepción se trasladó al pasado y se multiplicó con velocidad inusitada. Sintió la caricia de su madre, el abrazo de su padre. Se acordó de su infancia, de sus amigos. Reconstruyó la imagen de su primera novia y sintió nuevamente el primer beso. Resucitó los nervios del sexo primitivo. Revivió cumpleaños y navidades. Recibió el beso de sus abuelos. Abrigó un tornado de representaciones en su cabeza y el pecho se le fue a lo profundo del mar. A flote quedó solo el peor de los recuerdos. Viva, solo la peor pesadilla.
El tiempo se quedó sin parámetros, el ir y venir del sol apenas se animó a entrar en el lúgubre departamento de Horacio. Nunca se supo si fueron horas, días o meses de aquel torbellino cerebral.
Se quedó a oscuras tras dejar caer sus párpados, acercó el mentón al pecho y movió lentamente la cabeza de lado a lado. Luego enderezó su cuello y volvió a enterrarse en sus pupilas. Cavilaba en futuros posibles y no se imaginaba en ninguno de ellos. Hacia adelante no encontraba nada, solo sus ojos acusadores.
Después de estar por un largo rato inmóvil, decidió dejar de examinarse. Deslizó un vistazo al vértice inferior izquierdo del maltrecho espejo, ahí estaba ella, en otro espacio. Posaba su figura y congelaba su sonrisa en un papel de colores desgastados. Horacio la tomó en sus manos como hace quince días.
Instalado mentalmente en el pasado, alimentando la culpa, recordó que trescientos sesenta horas antes despertó junto a ella, en su auto, como la primera vez que hicieron el amor. Pero aquella última vez que estuvieron juntos, solo amaneció él, en medio de una maraña de chapas amorfas. Ella, quieta como en la foto, descansando para siempre.
Finalmente, alzó su brazo derecho muy lentamente. Vacilante levantó el peso que cargaba su mano. Segundos después sintió una circunferencia helada presionando su sien. Se observó hasta el final… en su pozo negro.
*Examen de fondo de ojo: es una prueba realizada para observar y examinar las características de las estructuras situadas en la parte posterior del globo ocular…”
Muy buen nivel para debutar Bocha, te felicito.
ResponderEliminarPor momentos me corrió un frio por la espalda, cosa que no me pasa con muchos otros cuentos de escritores "famosos".
Seguí asi y creo que algo grande pudo haber nacido hoy...