El vehículo se encuentra estacionado en soledad frente a la oficina de Parques Nacionales. No hay nadie que atienda las consultas, son las 19.30, los empleados terminaron su trabajo hace aproximadamente hora y media.
Juan se asegura de dejar el cambio en punto muerto y luego gira la llave para silenciar el motor. Matías, ubicado en el asiento del acompañante, observa a Juan y rápidamente dirige su mirada al asiento trasero, donde se encuentran Fermín y Gustavo; finalmente dice:
- Subamos, son solo cien metros y ya casi es de noche.
- Sí, dale. Aprovechemos lo que queda de luz. Tenemos poco tiempo y esta es la única caminata medianamente corta que podemos hacer. Además, está bien señalizada, no creo que tengamos problemas.
Gustavo, evidentemente, quería convencer al resto de hacer el paseo. Cuando llegaron al pueblo quedó fascinado con esas casas sencillas que descansaban en el valle al abrigo de las montañas. Íntimamente creía que la vista que lograrían desde la altura sería inolvidable.
Los cuatro amigos se bajaron del automóvil y comenzaron a colocarse los abrigos, notaban que el sol se estaba escondiendo y no querían que el frío los tomara desprevenidos en pleno ascenso.
Fermín, atento a los detalles, le avisó a Juan que no olvidara de llevar la linterna.
- No creo que la necesitemos, pero por si acaso ponela en la mochila. No vaya a suceder que nos entretengamos mirando el paisaje y nos agarre la noche.
- ¿Estamos listos?
- Creo que sí. Respondió Fermín, y luego de achinar los ojos y mirar levemente hacia arriba, agregó: ¿repelente de mosquitos llevamos?
- ¿Repelente? Estamos en el sur sufriendo 5 grados ¡¿y vos querés llevar repelente!?, si hay un mosquito allá arriba debe estar escarchado.
- Vos decí lo que quieras, yo lo llevo. Y no te quiero escuchar suplicando repelente. Ayer yo no pude dormir, estos insectos son mutantes, en la trompa parece que tuvieran una jeringa. Todo culpa del cambio climático.
Juan estaba decidido a dejar pasar el comentario, incluso le había causado cierta gracia, pero la última frase lo irritó y le contestó impulsivamente.
- Pero no hablés pavadas, ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? En cualquier momento van a decir que aumenta el dólar por culpa del cambio climático.
- Mientras ustedes se pelean yo voy a buscar donde comienza el sendero. Dijo Gustavo, tratando de finalizar la discusión.
El resto entendió el mensaje y todos se encaminaron hacia el pie de la montaña donde un cartel indicador señalaba: “Mirador de los cóndores. Dificultad: fácil. Duración: 30 min. (ida)”.
- Yo pensé que en 30 min. hacíamos el recorrido ida y vuelta ¿No era eso lo que nos dijo el tipo de la estación de servicio? Fermín ya flaqueaba, le gustaban mucho los paisajes pero muy poco la actividad física.
- Esperanos en el auto si no te da el cuero. Dijo Juan. Indudablemente, no había olvidado la acotación referente al cambio climático.
- Callate vos, pueda ser que te ataque una nube de mosquitos.
- ¡Otra vez la burra al trigo! Exclamó Gustavo.
Automáticamente largaron a reír los que antes discutían, al punto de inclinarse hacia delante con las manos en el estómago. Ambos lanzaban arcadas de risa y estaban con la cara colorada ante la mirada incrédula de los otros dos. Después de toser unas cuantas veces y recuperar el aire, Fermín apoyó su mano en el hombro de Gustavo y le dijo:
- Sos un genio, vos y tus dichos modernos. ¿Donde lo escuchaste?, ¿En el chavo del ocho?
Sonrieron y alternaron miradas. Matías disfrutaba profundamente de estos momentos, sentía que las esporádicas peleas verbales podían ofrecer poca resistencia a la interminable cadena de complicidades y vínculos que habían construido en los años compartidos. Siempre tuvo en mente decirle a sus amigos que estaba orgulloso de ellos, pero como suponía que lo tratarían de zalamero, no se animaba.
- Algún día que tenga unas copas de más se los digo (Se le escapó entre dientes a Matías, muchas veces le pasaba que pensaba en voz alta).
- ¿Qué decís? No se te entiende nada, es increíble esa costumbre que tenés de hablar para adentro.
- Nada, nada. Arranquemos de una vez por todas.
Automáticamente el resto hizo caso a la orden. Como la luz comenzaba a escasear, empezaron a subir con la mirada clavada en el piso. El sendero era angosto y tenía piedras de varios tamaños. También podían verse raíces rebeldes atravesar el recorrido, hacían las veces de baldosas levantadas en las calles de la gran ciudad. Sólo habían recorrido diez metros y los cuatro ya habían corroborado a fuerza de puntapiés la resistencia y firmeza de aquellos rizomas.
A lo lejos, aprovechando la nueva perspectiva que les brindaba el leve ascenso, vieron como se encendían las luces del pueblo. El panorama era bellísimo, apenas se divisaban los imponentes cerros Fitz Roy y Torre. Los arroyos zigzagueaban caprichosos alrededor de las casas, que iluminadas se asemejaban a velas de un maravilloso altar montañoso.
Cuando sin dudas la noche se adueñaba del lugar, emergió la claridad de la luna, que imponente se asomaba a la cordillera.
Detuvieron la marcha. Quedaron pasmados ante la preciosa imagen que se les presentaba. El silencio se turnaba con el silbido del viento mientras la perla se remontaba lentamente plateando las aguas del valle con sus reflejos brillantes.
- Este es el momento perfecto. Dijo Matías.
- ¿Se puede saber para qué?
- Para que aparezcan seres de otros planetas… o duendes.
No era la primera vez que Matías hacía ese tipo de comentario, y aunque seguía produciendo alguna que otra sonrisa en el grupo, los amigos sabían que él no lo decía como gracia. Hace tiempo que su esperanza se confundía con su convicción, manifiestamente estaba persuadido de que en algún momento de su vida presenciaría un hecho sobrenatural, extraordinario.
- Cualquier cosa que aparezca ahora arruinaría la vista. Comentó Juan, y codeando a Matías agregó.
- Mejor continuemos, por ahí alguien nos está esperando más arriba.
Luego de dar medio giro a la derecha, siguieron ascendiendo por la estrecha senda, excepto Fermín, que se quedó contemplando el astro unos minutos más. Cuando salió del trance, notó que sus amigos se alejaban y aunque tuvo la intención de moverse, no pudo.
Repentinamente un frío inconmensurable invadió su estómago, súbitamente se transformó en calor y empezó a ascender, era un volcán a punto de hacer erupción. El ardor siguió trepando hasta concentrarse en la cabeza. Su cuello se tornó rígido y si bien los ojos apuntaban hacia arriba, su percepción era inversa. Se veía a sí mismo desde arriba; sentía escapar sus sentidos. Inmediatamente descubrió el vértigo de la aceleración que lo impulsaba a los cielos.
Aunque resulte extraño, cuando contó lo sucedido, Fermín comentó que logró ver un punto negro en medio de la total oscuridad y que nunca supo si ese punto era él, la tierra, la vía láctea o vaya a saber qué. Por si eso no fuera suficientemente extravagante, en pleno limbo escuchó un susurro que provino de todas partes, “memento mori”.
Cuando terminó de oír las palabras, bruscamente descendió. En plena caída se divisó con ojos y boca abierta. De pronto un cimbronazo, la panza helada y en seguida fuego en el pecho.
Vió el cielo estrellado y entendió que había recuperado su cuerpo, sintió que aflojaron sus piernas y desvaneció.
A cachetazo limpio, Juan intentaba que volviera en sí.
- Despertá carajo!
Fermín entreabrió los ojos, agobiado por la experiencia no podía salir de la modorra.
- ¿Estás bien? No sabés de la que te salvaste, estuve a punto de hacerte respiración boca a boca.
Luego de aquel día, transcurrió más de un mes antes de que Fermín contara lo que le había ocurrido previo al desmayo. Antes de hacerlo, les pidió por favor a sus amigos que lo tomaran en serio porque aún estaba traumado por la situación. Aquella jornada en la que compartió lo sucedido, la pregunta que se caía de maduro la hizo Matías
- ¿Qué significa “memento mori”?
- Lo averigüé tiempo después de que volviéramos de El Chaltén. Significa "Recuerda que morirás" en latín. La frase tiene origen en la Roma Antigua. Parece ser que un general, cuando desfilaba victorioso por las calles, le encargaba a un siervo que repitiera constantemente la oración. La idea era recordarle las limitaciones de la naturaleza humana.
Matías, que quedó pensativo mirando a su amigo, fue el único que acotó algo.
- ¡Ojalá me hubiera pasado a mí!
Muy bien narrado, atrapante, el final no me gustó (lo voy a leer de nuevo en el viaje de vuelta), o la idea es continuar el cuento??, te digo que me quedé con las ganas de mas, creo que le podés sacar mucho jugo a esos personajes y esa historia.
ResponderEliminarGracias Bochita querido!!!Me quede estupefacto cuando lei este cuento, q me dio a conocer Santi...INNNNNNNNNCREIBLE, el lexico q usaste, me hiciste viajar nuevamente a ese lugar "magico".Muy emocionante.
ResponderEliminarAbrazos
Gracias Felo!!!! me alegra que te haya gustado. Espero que algún día podamos disfrutar un viaje juntos nuevamente. Abrazo
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